La forma-pleno como práctica de la política radical: cinco hipótesis desde el movimiento estudiantil

Por: César J. Pérez Lizasuain*

Intervención en la actividad “Debate: Perspectivas de lucha en el movimiento estudiantil” organizada por el Movimiento 7 de Mayo y celebrado en el Recinto Universitario de Mayagüez de la Universidad de Puerto Rico el 24 de junio de 2015

  1. Comenzamos con la rabia, con declarar a viva voz aquello que nos indigna

No nos gusta cómo va la universidad. No nos agrada la manera en que han manejado los fondos de la Fundación Nacional de Ciencia. No nos parecen justas las instancias de gobierno en la universidad y la exclusión de la mayoría de la comunidad universitaria de la toma de decisiones. No vemos justo el encarecimiento de la educación pública y privada en la Isla. Nos parece absurdo que a nivel de todo Estados Unidos se haya generado una deuda estudiantil de más de un trillón de dólares. No nos gusta que la riqueza que genere el país y que nuestros impuestos se destinen exclusivamente a pagar una deuda a la que nosotros no hemos consentido y que tampoco hemos pedido. La deuda es de los que nos mandan-mandando, pero no de nosotros. No nos gusta que exista en estos momentos 19,564 de propiedades a punto de ser ejecutadas en Puerto Rico. No nos gusta que una madre soleta con tres hijos en Bayamón, se quede fuera de su casa. Nos molesta que una pareja de ancianos corra  la misma suerte. Despreciamos a nuestro sistema de salud que utiliza nuestro cuerpo como espacio para la especulación económica y como “commodity” para producir una ganancia económica a las aseguradoras. Aborrecemos que en lo que catalogan como “tiempo de crisis fiscal” surjan  medidas de austeridad o desposesión que impactan la mayoría de la gente, pero que sí haya dinero para repartir contratos, como el de la monitora a la AEE, mientras se dice que no hay dinero para la salud y educación de todos/as. Entonces – como señala el sociólogo J. Holloway – gritamos, negamos y rechazamos aquello que no nos gusta. La rabia, la indignación, la negación de lo que creemos injusto e indigno, nos congrega, nos convoca, nos junta.

  1. La forma-pleno es la propuesta: revisitando el concepto de la política y la democracia
Pleno
Foto de Ricardo Alcaraz, Periódico Diálogo, 8 de febrero 2011. Pleno celebrado durante la huelga estudiantil de 2011.

Pero la rabia por sí sola no da para mucho. Su fuerza se extingue con facilidad. La rabia hay que gestionarla y siempre debe ir acompañada con una afirmación: con lo que ustedes tan correctamente han insistido: se acompaña con “propuestas”. Pero me preocupa lo que quizás estemos entendiendo por “propuestas”. La dialéctica-afirmativa de la rabia no puede quedar encajonada en propuestas para reformar legalmente aquello que nos indigna. Aunque a veces podemos obtener victorias legales a nuestro favor, hay una trampa en la misma naturaleza del Derecho: enjaula la lucha, define nuestras palabras y limita nuestras posibilidades de transformación social.

La fuerza política del movimiento estudiantil durante la huelga de 2010 estuvo afianzada en el ethos asambleario que se adoptó como método principalísimo de organización. A esa forma organizativa se le llamó  el pleno, plenariala o la “forma-pleno”. En el 2010 se hizo política al convertir este campus universitario en el espacio de convivencia, en espacio de la cotidianidad, en el escenario de lucha. Se hizo política en la medida en que se lidió con las necesidades que naturalmente surgen a raíz de la convivencia y de la prolongada estancia aquí en el campus. Como me decía un compañero estudiante del RUM: ese hacer política aquí en el campus, esa cotidianidad que se llevaba en el campus, creó de facto una pequeña polis o república con sus diversas instancias de gobierno.

De esta forma, sugiero, como afirmaba el compañero Edgardo Román del RUM, que en un momento de “crisis” como la que experimentamos ahora,  la forma-pleno debe ser la propuesta. Pero es más que una propuesta, es un modo de organizar la rabia, y de darle continuidad y durabilidad a la rabia “por otros medios”. Puntualmente, la forma-pleno propone los siguientes elementos para adelantar una política radical:

  • El elemento litigioso: espacio para el disenso, para no rehuir del antagonismo social y para apalabrar nuestra visión del mundo.
  • El decisional: los momentos del pacto.
  • La ejecución: se lleva al plano de la praxis política la decisión.
  • Establece una renovada lógica del mandar-obedeciendo: esto es, una política de la democracia participativa y horizontal.
  • Afirma a la “autonomía” como forma de lucha: la creación de espacios de encuentro que abren la posibilidad de recrear contra-conductas y sociabilidades radicalmente democráticas.
  • En última instancia, la forma-pleno se convierte en laboratorio de la subjetividad.

Estos elementos, a su vez, producen una nueva concepción del tiempo: se le entiende al mismo como no-lineal, no progresivo; como señala Boaventura de Sousa Santos, en este tipo de experiencias se produce una expansión del presente a su vez que abre el futuro para la realización  de lo imposible.  En la forma-pleno hay un momento para pensar/deliberar las diferencias (ampliación del presente), un momento para acordar (apertura del futuro para lo imposible) y otro para actuar (la efectiva ejecución de lo imposible). Ciertamente, la acción política no termina con la ejecución de lo decidido. Sino que se establece una continuidad luego de la ejecución de lo decidido. La forma-pleno permite la permanencia y continuidad de la acción política, desde su concepción intelectual (de pensar, litigar, del debatir, del comunicar, del escuchar y de la decisión común) hasta su aplicabilidad práctica en hechos concretos. La acción política que instaura la forma-pleno siempre se encuentra en posición de ser criticada, rectificada y transformada. El punto decisivo para la continuidad de la lucha es el encuentro que ensaya la forma-pleno: el recrear permanentemente el necesario espacio para hablarnos, disentir, pactar y decidir.

Por eso, el espacio y el lugar para la política es aquí. El campus universitario es el espacio, por ahora, para la política. No confundamos los eventos demostrativos como las marchas y los piquetes con la política.  La idea de estas manifestaciones es la demostración de fuerza (o debilidad, según el caso). Esto constituye solamente una parte de la política. El hacer-política se da en el orden de interacción vivido aquí en la universidad: creando los plenos, creando nuevas organizaciones, afianzando la autonomía, organizándose de manera alternativa, discutiendo sobre la participación activa de la comunidad universitaria y pensando en cómo radicalizar la democracia a partir de nuestras propias conductas. Se hace política afirmando que otro modo de amar es posible (Comité Contra  la Homofobia en la UPRRP), que es posible trasformar los entendidos tradicionales sobre el género y la sexualidad (Comité de Acción de Mujeres en el RUM), que otra manera de comunicar es posible (Radio Huelga). Hay política porque la contra-conducta, la racionalidad y la retórica llevada a la acción por la democracia radical, propia de ese hacer asambleario, entra en contacto antagónico con la máquina neoliberal-universitaria. También se da el hacer-política mientras se piensa, se conspira colectivamente, para lograr que esta forma de organizar la rabia salga del campus universitario y penetre en los pueblos, barrios, ciudades, al caserío: a la polis en general.

En fin, la forma-pleno va a negar que la política se encuentra en un solo espacio: sea en el Capitolio o la Fortaleza o en la Milla de Oro, y que se ejerce una vez cada 4 años en las elecciones generales. Por el contrario, la forma-pleno afirma que la política no tiene espacios únicos, que no es una cosa, que siempre es un asunto colectivo, que es una relación social, que es la forma que asume una democracia radical: que es la misma esencia de lo común.

  1. Hay que reconocer al adversario: más allá del liberalismo

El mundo se compone de muchos mundos. A veces estamos en uno, al rato entramos en otro.  A veces somos partícipes de varios mundos a la vez. Aquí estamos en el mundo universitario. Hay una forma de ser y de hacer que le es propio a este mundo y que lo distingue como el “mundo universitario”. Ello quiere decir que hay unas relaciones y unas prácticas sociales que le son propias a este mundo universitario.

En este mundo universitario, sin embargo, hay varios niveles de contacto y relaciones antagónicas. Hay que reconocerlas. Como ha dicho Eduardo Lalo, hay dos mundos universitarios en contacto antagónico permanente: 1) el mundo de la universidad neoliberal: esa que entiende la institución, y los sujetos que la conforman, como máquina empresarial; y 2) el mundo universitario que se implanta autónomamente a través de nuestras prácticas políticas alternativas y que antagonizan con esa primera visión de la universidad. Hay que reconocer a nuestro adversario a partir de nuestro mundo más inmediato. Ahí empieza todo. En nuestro caso es la estructura de mando, de poder, que representa la institucionalidad de la UPR. Y en ese reconocimiento, hay que señalar, además, la relación antagónica de esta estructura con lo que nosotros pretendemos hacer aquí hoy. Quiero decir lo siguiente: la estructura de mando, que representa la UPR, no es inamovible, tampoco invencible. La misma varía, se transforma, de acuerdo al contacto antagónico de ésta con las fuerzas que se le resisten. El adversario puede ser derrotado. En todo caso, lo que se quiere decir es que la lucha comienza en este mundo: intentando descifrar las relaciones de poder, de dominación, de disputar la hegemonía en nuestro mundo universitario. Hay que tener cuidado en querer conquistar otros mundos, mientras se descuida el nuestro. Hay que también cuidarse en defender el modelo actual de la universidad pública. No protestamos por mantener a la UPR tal cual es, protestamos porque queremos cambiarla, y con ella al país. Debemos cuidarnos, por otro lado, en defender lo público sin ser críticos ante este concepto. No olvidemos que la UPR sigue adoptando un modelo empresarial a la vez que va privatizando algunas de sus funciones internas; mientras que formalmente sigue siendo una institución pública.

Los contactos de dominación, en nuestro caso, comienzan en casa. La UPR es en esencia una de las instituciones más autoritarias del país. Este es el primer contacto, y debe ser pues, la primera ruptura a provocar: no podemos abogar por mantener la universidad tal como se encuentra. Es importante reconocer a ese adversario que es la universidad neoliberal. Para ello sugiero entender y ver dos importantes informes que existen sobre la universidad: el CAFI (2007) y el CAGFES (2011). Con ello pretendemos identificar cuál es la agenda del poder para con la universidad y los actores involucrados en el proyecto de la universidad neoliberal. Uno de estos informes, el CAFI, traza el mapa de ruta, en términos empresariales, para la UPR. Mientras el otro, el CAGFES, ordenado por Luis Fortuño inmediatamente terminadas las huelgas estudiantiles de 2010-2011, declara abiertamente cuales son los adversarios del modelo de la universidad empresarial que el poder quiere impulsar. Este último informe, que intenta imponer una política de “pensamiento único” en la Universidad, nos señala a nosotros, aquellas y aquellos que queremos continuar y generar una política radical desde la universidad, como los verdaderos enemigos del progreso y la economía; y siendo enemigos, este informe declara y aboga abiertamente por nuestra eliminación.

Tendremos que superar al liberalismo y su anti-política del no disenso. Ese mundo de la universidad neoliberal, es el mundo de la democracia en crisis, el de la democracia representativa, que – como diría C. Mouffe – en realidad centra su esencia en propiciar una anti-política del no disenso, que intenta separar a la política de sus verdaderos hacedores, esto es, del demos, mientras la confina a expertos o supuestos profesionales: aquellos que llamamos políticos, los de arriba, los que mandan-mandando. Nuestra obligación es partir del antagonismo social sin negarlo o encubrirlo (ya sea de clase, racial, de género, entre otros).

  1. El régimen del 52’ es el mundo que heredamos y hay que superar su lógica

El pasado “pleno de la juventud” comenzó con una breve introducción, más o menos histórica, que se remontó a la constitución del ELA en 1952 para explicar la llamada crisis de la deuda pública. Creo que antes de brincar el charco, debemos detenernos a pensar sobre lo que ha representado, en el plano empírico, la constitución del ELA. De manera muy general, me refiero al régimen del 52’ como un proceso que ha instaurado un marco de entendimiento o de significados en nuestro país dentro del cual se desarrolla nuestra vida política. Con ese régimen se han establecido unos entendidos básicos sobre la economía, el progreso, la democracia, la política representativa, sobre el mando y la obediencia, la organización burocrática y el Estado. De igual modo, ha establecido un entendido sobre el trabajo: establece una ética del trabajo (y del no-trabajo o una ética sobre “la brega”). También ha establecido un entendido sobre el tiempo: sobre un tiempo lineal, progresivo, relacionado a la idea de “progreso”. De igual modo, también ha impuesto un entendido sobre lo público y lo privado que en muchas ocasiones ha encajonado y limitado el debate político en nuestro país.

Por último, y en resumidas cuentas, ese régimen del 52’ estableció que lo económico y el progreso debían ocupar el corazón de la polis puertorriqueña. Esa idea sobre lo económico se ha desarrollado como un dispositivo de poder, de dominación. De manera que nuestras alternativas político-económicas siempre han oscilado dentro de esa lógica impuesta por el régimen del 52’. Así, el discurso sobre la crisis económica – como bien han señalado J. Butler y A. Athanasiou – instaura una serie de verdades que intentan justificar las medidas de desposesión y austeridad hasta ahora adoptadas por nuestros gobiernos. Y esto crea una falsa noción del estado actual del país: nuestra crisis no es meramente económica y como tal su solución no se limita a cálculos numéricos o ecuaciones económicas evangelizadas por los economistas. Nuestra crisis se centra en las contradicciones del marco de significados que se instauraron en el 52’ (incluso antes) y que hoy día estallan por doquier. La crisis en realidad – coincido con Anayra Santory en este sentido – es, por un lado, la crisis sobre un modelo de la democracia que ha colapsado; y por el otro, las medidas de desposesión indican que la crisis responde, de igual modo, a un modelo de acumulación que ya ha llegado a su tope mientras se va imponiendo uno nuevo (o lo que es igual: se va implementando un nuevo marco de dominación) .

Por otro lado, también concuerdo parcialmente con esa introducción que ofreció una compañera estudiante al iniciar el “pleno de la juventud” y que identificó, creo que correctamente, de que el régimen del 52’ se encuentra en crisis. Sin embargo, entramos a discutir el problema de la deuda pública y de la crisis fiscal contradictoriamente partiendo desde el marco de significados que el propio régimen del 52’ ha instaurado. Las propuestas allí presentadas nos mantienen atrapados dentro de las reglas de juego del poder. No hay que perder de vista, que el marco de significados que instauró el régimen del 52’ incluso pudo subsumir parte de los movimientos políticos de oposición o de izquierda, exceptuando algunos movimientos estudiantiles y los grupos armados, de la época: significó la adopción de una resistencia civilizada, haciendo propio un marco discursivo que convalidaba los significados liberales sobre la democracia, la economía capitalista, el progreso, la institucionalidad, el derecho y la soberanía.

Una de las demostraciones recientes sobre esta limitación lo ofrece el caso de los llamados soberanistas del PPD: reconocen la crisis aguda del régimen del 52’, y por esta razón lo pretenden salvar. Por eso, los 6 detractores del IVA terminaron cediendo y adoptando unas reglas de juego del que no pueden rehuir. Para esos 6, disentir consecuentemente a cualquier medida de desposesión propulsada por el PPD, como el IVA o el IVU agrandado, hubiese significado que su proyecto soberanista, que es la salvación del ELA, hubiese fracasado: su misión no es salir del marco normativo del ELA, en todo caso su proyecto consiste en darle un necesario “update” o una actualización al régimen. La incapacidad del soberanismo es esa: el querer salvar al régimen del 52’ les imposibilita salir del marco de significados que ha impuesto el propio ELA.

  1. El objetivo de la lucha es crear un nuevo sentido común

En el mundo de la UPR, sobre todo a partir de la huelga de 2010, se ha comenzado a generar un nuevo sentido común de cómo conducirnos y organizarnos para la transformación política. Partiendo de A. Gramsci, pasando por F. Fanon y llegando al C. Guevara, la lucha por parir un nuevo sentido común es insertarse en la lucha por desquebrajar la actual correlación de fuerzas. El objetivo es  producir una nueva “alma”, una nueva humanidad, producir un sujeto de la política. Este sujeto de la política es producido por la misma situación antagónica que es constitutiva de lo político: el momento antagónico en que se discierne con claridad la división amigo/enemigo. O por decirlo de otra forma, el sujeto de la política es uno constituido por la misma acción política colectiva y – como dice J. Rancière – “por una manifestación y una enunciación colectiva” que va a declarar un “nosotros”. Ante la situación actual, supongo que necesitamos laboratorios para ensayar subjetividades alternas. Considerar la forma-pleno como propuesta es entender que la hegemonía se disputa articulando la resistencia como contra-conducta mientras se renueva el marco de entendimiento  desde el cual vamos a entender el estado actual de cosas.

*El autor es doctor en Derecho y Sociedad y es profesor en la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras.

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